Maternidad como descenso a nuestras propias profundidades

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Siempre pensé que no quería tener hijos. Tenía compañeras en el colegio que confesaban un anhelo profundo de convertirse en madres algún día, y yo no me sentía identificada, no era algo que me interesara. Tenía planes ambiciosos: quería una carrera, quería estudiar, y ser mamá sonaba limitante, ordinario. Decidí seguir un camino difícil, entré a ingeniería civil. No sabía bien qué estudiar — pasé por college de ciencias naturales y matemáticas (un tipo de bachillerato en mi país), pero sí sabía que quería ir hacia un camino de carrera exitoso y ser independiente.

 

Además sentía que había algo más profundo esperando ser vivido, y temía que tener hijos me impidiera llegar a eso. Desde muy pequeña quería descubrirme a mí misma. Siempre fui una niña observadora, introspectiva, a la espera de lo que podría despertar en mí, de lo que podría experimentar. Sentía este miedo de que convertirme en madre iba a interrumpir ese despliegue.

 

Crecí viendo a mi madre entregada al hogar, y más tarde viendo también el costo de esa entrega. Aunque siempre me sentí querida por ella, y dio lo que tenía con las herramientas que conocía. Cuando se separó de mi padre, entendí algo que después he visto en tantas mujeres de su generación, cuando se dedica por casi por completo al cuidado del hogar, es fácil quedar sin algo propio que te sostenga después. Esa imagen quedó grabada en mí, y así crecí teniendo emociones ambivalentes sobre la maternidad.

 

Con el tiempo y la edad, esa convicción se fue suavizando. A lo largo de mi vida eventualmente aprendí que la parte consciente de mi personalidad no tenía, de hecho, todas las respuestas. A los 22 años, estudiando en la universidad en mi cuarto año, estaba tomando ramos de especialidad, pero al parecer una parte más profunda de mí misma tenía otros planes. No me sentía bien emocional ni mentalmente, y caí en una depresión, tuve que dejar mis estudios. Responder a la carrera, a los estudios, ya no le entregaba a mi vida un sentido de propósito o de significado; todo parecía vacío. Por mucho que me entregara a mis estudios y otros aspectos de mi vida, me sentía cada vez más aislada, triste, apenada. Era como si me estuviera yendo hacia las profundidades en contra de mi voluntad. Aunque estaba aterrada de ese descenso, me adentré a leer sobre algo que me entregara más conocimiento, para saber qué realmente me estaba pasando, más allá de la medicina tradicional y su tratamiento para la depresión y la ansiedad. Todo lo que aprendí me ayudó muchísimo. Lo que leía me introdujo a relacionarme con mi infelicidad de una manera distinta. Me ayudó a ver toda esa oscuridad, soledad y sufrimiento como una invitación a descubrir partes de mi misma, y me atrapó lo que estaba aprendiendo.

 

En medio de mi depresión y confusión, lo que aprendía fue como un bálsamo sanador. Mi pasaje oscuro y solitario se impregnó de significado y propósito. La depresión fue un evento sísmico mayor que alteró el flujo energético de mi vida y cambió su curso. Me rendí a los impulsos e instintos que brotaban desde dentro. Con perspectiva, mi “noche oscura del alma” ese tiempo fue mi destino innato intentando crecer. A lo largo de ese camino me fui dedicando al tarot, a las lecturas de energías, y también empecé a explorar el arte. Entre medio de todo eso conocí a mi pareja actual. Habíamos hablado de formar una familia, él tenía un anhelo profundo de ser papá, y yo ya me había vuelto lo suficientemente sabia como para saber ceder a lo que la vida me ofrecía. Solo que el embarazo llegó antes de lo planificado, y tuvimos a nuestra primera hija.

 

La copa alquímica

Antes de ser mamá y que mi hija naciera, formé opiniones firmes sobre cómo podría hacer las cosas, cómo que no iba a dejar que mi vida se detuviera (en términos “productivos”). El embarazo ya me hizo cuestionar eso: vomité durante todo el embarazo, los primeros cuatro meses fueron muy intensos. Pasaba mucho tiempo en cama, agotada, sin poder sostener mi trabajo como quería. Eso trajo una ansiedad constante: me preocupaba cómo la llegada de mi hija iba a afectar mi trabajo, mis estudios, y la relación que iba a tener con ella.

 

Y entonces llegó este pequeño ser recién nacido y reorganizó la vida tal como la conocía. Para mi sorpresa, ser mamá me gustó muchísimo más de lo que imaginé.

 

No voy a mentir, he tenido subidas y bajadas. Ha sido todo un descubrimiento, la vida con mi hija. Sentí que la maternidad me trajo un no-conocimiento, una experiencia de vida completamente nueva. Me encontré con emociones difíciles, sobre todo cuando el ritmo que encontramos, empezó a cambiar.

 

Después de los difíciles y agotadores primeros meses, adoptamos un ritmo con mi hija que se sentía maravilloso, pero como en los primeros años de infancia las cosas pueden cambiar, después sus siestas empezaron a desordenarse, sus ciclos de sueño cambiaron, y ahí todo se volvió más difícil. Atenderla, cuidarla, se sintió profundamente agotador. Me encontré abrumada, agotada, en ocasiones me sentí depresiva. Quise seguir atendiendo a algunas consultantes, pero no pude dedicarles el tiempo que quería, y eso me dejó con la sensación de estar a la deriva — como si mi vida profesional pesara sobre mí sin que pudiera avanzar en ella. La privación de sueño, la falta de espacio para mis propios pensamientos, la imposibilidad de satisfacer del todo las demandas de mi hija — en algún momento sentí que me estaba perdiendo a mí misma, como si me estuviera hundiendo en el fango.

 

Pero, pensándolo mejor, pensé: la maternidad puede ser una oportunidad para entenderme mejor a mí misma a través de todo lo que estoy viviendo.

 

Ahora mis días giran en torno a estar con ella, encontrar espacio entre su siesta y en los tiempos que llega ayuda para poder sentarme un momento frente al computador a trabajar. No ha sido fácil. Hay días en que lo único que quiero al final es descansar, y sostener ese ritmo sola gran parte del día también cansa. Pero ha sido justo en ese contraste, entre lo que pensé que iba a ser y lo que realmente ha sido, donde empecé a entender cómo cambiamos una vez que entramos al portal de la maternidad.

 

Lo que yo he vivido, y lo que quiero dejar como mensaje sobre la maternidad, es esto: ser madre nunca deja de ser difícil, ser padres es dolorosamente difícil, y siempre ofrece nuevas perspectivas sobre ti misma, si es que quieres verlas.

 

La maternidad, con sus intensos extremos físicos y emocionales, es un crisol en el que somos puestas a prueba, alteradas, y podemos ser transformadas, como una copa alquímica. En ese vaso alquímico de la maternidad el calor sube al máximo: partes de nuestra personalidad que ya no existen se derriten, y nuevas estructuras son forjadas. La maternidad es un acto de cuerda floja, una mascarada, y una comunión con la mortalidad. Es una caída y un hallazgo de gracia, un enamorarse y desenamorarse de una hora a la siguiente. La maternidad es la confrontación definitiva contigo misma. Lo que sea que esté ahí para descubrirse en lo más bajo de tu alma, ya sea barro o tesoro, la maternidad va a ayudarte a encontrarlo.

 

Una de las ideas importantes de las que me di cuenta es que a lo largo de nuestra vida continuamos creciendo y desarrollándonos — este despliegue del alma, este descubrirnos a nosotras mismas, nunca cesa. De hecho, mientras nos hacemos mayores, tenemos más oportunidades de convertirnos en nosotros mismos, de atender este despliegue de nuestros patrones únicos. Una de las metas del crecimiento psicológico es convertirte en un ser más completo. Y convertirte en más completa es experimentar todas nuestras emociones en su completitud, dudar de nosotras mismas, admitir nuestros errores, tomar un interés apasionado en el mundo que nos rodea, abrazar la ambivalencia, escuchar nuestras voces internas, y reunir nuestro poder y autoridad para protegernos y a quienes amamos. Ser completa también significa poder ser juguetona, sentir asombro, reírte de ti misma. También significa ser capaz de defenderte cuando sea necesario, pero también poder dejar atrás esas defensas en otros momentos, para ver el mundo que te rodea con el corazón abierto, despierta a la maravilla, pero también vulnerable al dolor. Quizás, sobre todo, volverse completa implica estar curiosa de ti misma, así que cuando enfrentes un nuevo desafío que te presente la vida, tengas una oportunidad para aprender acerca del misterio de tu alma.

 

Hay muy pocas experiencias de vida que ofrezcan la oportunidad de conocerte a ti misma como ser madre. Ser madre te va a agotar, te va a llenar de temor y te hará llorar — pero también te va a inspirar alegría, duda, satisfacción, rabia, terror, vergüenza, irritación, insuficiencia, duelo, ansiedad y amor. Estás en tu peor y en tu mejor versión al mismo tiempo. Y si al final del día el sentido de la vida es ampliar tus experiencias para que sepas más de ti misma, creo que la maternidad ofrece un terreno rico para entendernos mejor. Lo que importa es que nos enganchemos en nuestra experiencia con un corazón abierto, para estar realmente presentes en nuestra vida, con todos sus desamores, decepciones y alegrías.

 

Si dejamos que la maternidad sea una oportunidad para crecer hacia esta versión más completa de nosotras mismas, puede ser difícil atender esa llamada, porque podríamos encontrarnos eligiendo alejarnos de la lucha de la crianza. La maternidad puede traer, más de una vez, emociones difíciles que provocan vergüenza, duda, e incluso a veces odio hacia nosotras mismas. Y comprensiblemente puede que te sientas tentada a evitar esos sentimientos, ya sea pasando el mayor tiempo posible lejos de tus hijos, desconectándote emocionalmente, o silenciando tu voz interior y dependiendo demasiado de los dictámenes colectivos sobre cómo criar. Hacerlo puede aliviar la tensión de la duda sobre una misma, pero ese alivio llega sacrificando la autenticidad, también se puede perder la oportunidad de conocerte mejor.

 

Los días oscuros de la maternidad son dolorosos, pero en esa experiencia estiramos nuestras raíces hasta el fondo más profundo de nuestro ser. Por supuesto, cuando estamos inestables y privadas de sueño, más allá de lo razonable, mientras amamantamos a nuestro hijo, puede ser difícil recordar que estamos creciendo psicológicamente. La conciencia de la transformación no es precisamente lo principal en nuestra mente. Puede ser difícil saber que nuestras pruebas tienen sentido. Pero tenemos la suerte de que otras mujeres antes que nosotras han tenido historias, un tesoro inagotable de historias que pueden servir de guía. Podemos recurrir a ellas para entender nuestras experiencias, para asegurarnos de que no estamos solas, y para conectar nuestras penurias con su expresión universal, de modo que el sufrimiento se convierta en creación del alma.

 

El pozo

Está la historia del héroe, un patrón arquetípico que podemos vivir a lo largo del curso de nuestras vidas. Y el arquetipo de la madre es el otro. Aunque el héroe está comúnmente asociado con los hombres y la madre con las mujeres, ambos sexos pueden ser llamados a vivir cualquiera de estos dos patrones, o ambos, a lo largo de sus vidas. Una parte fundamental del viaje del héroe se revela a través de numerosos mitos e historias, en los que debe aventurarse en territorios desconocidos, conquistar dragones y otros desafíos, y retornar con nueva sabiduría. El viaje de la madre también ha sido explicado en relatos antiguos, y su patrón comparte mucho con el del héroe, pero difiere en un aspecto: aquí el viaje no es hacia afuera y de vuelta, sino un camino hacia abajo. Las historias de heroínas generalmente implican un descenso, y ahí aparece el símbolo del pozo, una imagen que simboliza el contacto con las aguas profundas y vivificantes que misteriosamente brotan desde el inframundo, desde el inconsciente. En la mitología celta se dice que los pozos sagrados eran puntos de acceso al otro mundo, y sus aguas tenían propiedades mágicas y curativas.

 

Así que esto se puede ver como una iniciación femenina: un camino para conocernos y suavizarnos de maneras distintas. La maternidad es una de las grandes oportunidades de la vida para entrar al juego de la transformación. Ese descenso puede servirnos como iniciación a nuestras propias profundidades.

 

Pero el descenso no es el final del camino, porque así como existe esa parte de nosotras que se siente en casa en lo profundo, en lo invisible, en el misterio, también existe otra que necesita volver a la superficie, a lo liviano, a lo juguetón. Y durante mucho tiempo sentí que tenía que elegir entre estas dos mujeres: la que desciende y la que simplemente habita el ocio. Hoy creo que no se trata de elegir. Se trata de dejar que una sostenga a la otra. La liviandad no le quita peso a nuestra profundidad, es lo que evita que se vuelva algo tenso, serio, sin pausa. Y la profundidad no le quita descanso a la liviandad, es lo que le da raíz, sentido, verdad.

 

El pozo interior te conecta con la fuente de sabiduría, intuición e instinto que es la herencia de la humanidad. Los desafíos de la maternidad son una invitación a conectar con esa fuente, a descender, y a descubrir ahí la creatividad y el significado que habitan en el mundo interior. Se puede temer que el pozo se seque de tanto usarlo, pero hay que recordar que los pozos tienen más probabilidades de secarse cuando no se usan. Los dones del inconsciente son realmente ilimitados: cuanto más miras hacia el inconsciente en busca de sabiduría, más abundancia recibes de vuelta.

 

Este viaje de la maternidad es un descenso que sirve como iniciación a las propias profundidades, pero también una invitación a volver, con esa sabiduría a cuestas, a algo más suave: a jugar, a descansar, a simplemente ser. Creo que ahí está la verdadera completitud de lo femenino: no en elegir entre el pozo y la superficie, sino en moverse entre ambos, con confianza en que los dos son casa.

 

Maca 🕯️

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