Ternura y sensibilidad femenina: por qué aprendimos a esconder lo que sentimos

sensibilidad

Hace poco leí algo que se me quedó adentro: que una de las definiciones de ternura es “sensibilidad al dolor”. Y pensé cuánto sentido tiene, y cuánto nos han enseñado a entenderlo al revés. Creo que la ternura no es debilidad, si no que una manera de percibir el mundo.

 

Porque nos criaron creyendo que sentir mucho es un problema. Que hay que endurecerse, ponerse una piel más gruesa, dejar de conmoverse tan fácil. Nos enseñaron que la sensibilidad es una grieta por donde entra el sufrimiento, algo que conviene sellar.

 

Pero yo lo veo distinto. La sensibilidad no es una herida, si no una antena. Es la capacidad de percibir lo que se mueve debajo de la superficie —en nosotras, en las otras personas, en la vida misma. La mujer que siente el dolor del mundo no está “demasiado sensible”. Creo que está sintonizada.

 

Creo que gran parte del camino femenino es aprender a encarnar y abrazar nuestras sensibilidades naturales, sin sentirnos abrumados o desanimados por el dolor.

 

La ternura como devoción, no como fragilidad

La ternura es un suavizar hacia la vida. Es la decisión enraizada —muchas veces cuesta arriba— de permanecer gentiles y abiertas de corazón, incluso cuando endurecerse parecería más seguro.


Como seres naturalmente relacionales, la ternura hace que la mujer se sienta viva y la reconecta con su esencia más profunda. La ternura es lo que inspira a la mujer a nutrirse y cuidarse a sí misma y a los demás. La ternura transforma lo que está estancado y permite que fluya lo que necesita hacerlo. La ternura activa una energía silenciosa que, de manera natural, atrae apoyo, amor y recursos.


Creo que como mujeres, todas poseemos el don natural de la sensibilidad. Todas poseemos el don femenino de la ternura. Y aunque externamente pueda manifestarse de manera distinta en cada una de nosotras, gran parte del proceso de deshacernos de nuestras corazas masculinas para conectar con nuestra esencia femenina consiste en recuperar nuestra sensibilidad innata.

 

Y ahí está lo que casi nadie nombra: hace falta fuerza para mantenerse suave en un mundo que te repite que es más seguro tener el corazón acorazado.


Porque con la ternura no hay piel gruesa. No hay coraza. No hay ese esfuerzo constante por empujar los sentimientos hacia abajo, por tragárselos, por hacer como que no duele. La ternura es lo contrario: es dejarse tocar.


En nuestro mundo, a las mujeres se nos enseña que nuestras sensibilidades son algo malo. Cuando intentamos tapar nuestra ternura con dureza, perdemos algo esencial. Opacamos nuestra naturalidad femenina. Nos desconectamos inadvertidamente de nuestra propia belleza, de eso valioso que somos cuando dejamos de defendernos.

 

Sentir sin que el sentir nos arrastre

Ahora bien, sensibilidad no significa vivir arrastradas por cada emoción, pero tampoco algo que necesita ser “arreglado”. Creo que parte del camino femenino consiste en aprender a habitar nuestra sensibilidad. Es entender que el dolor y la emoción profunda pueden estar presentes, sin abrumarnos hacia pelear, huir o entrar en modo congelamiento, o forzarnos a cerrar nuestros corazones. Y para eso necesitamos una cosa clave: sentirnos seguras al sentir.

 

Cuando no nos sentimos seguras, solemos cerrarnos. O intentamos proyectar nuestro sentir en los demás o expresarlos de maneras que reflejan nuestras propias heridas. Muchas aprendimos a hacerlo de esa manera—no por defecto propio, sino por un condicionamiento familiar y social que nunca entendió o nutrió cómo cuidar la naturaleza inherente de lo femenino.

 

Estar con lo que siento, reconocer mi propia ternura, comprender que no necesitamos arreglar lo que sentimos, ni tampoco actuar impulsadas por esas emociones de maneras que nos resten poder o que nazcan de nuestras heridas, es una parte fundamental de nuestra verdadera naturaleza femenina.

Bajar los escudos

A veces protegemos el corazón con escudos que ni siquiera reconocemos como tales: el perfeccionismo, el control, la exigencia, el complacer a todo el mundo, el rendir, el empujar, el forzar. Parecen fortaleza, pero en realidad solo mantienen nuestro corazón ‘aparentemente’ protegido.

 

Y lo curioso es que cuando una mujer empieza a soltar esos escudos, no se debilita. Se fortalece. Vuelve a ser quien es, sin tanta armadura de por medio. Y desde ahí, casi sin proponérselo, ofrece su ternura al mundo. No haciendo nada especial. Solo siendo lo que naturalmente ES.

Maca 🕯️

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