Lo que la cultura del rendimiento le hace al alma femenina

rendimiento

Hay un tipo de agotamiento que el descanso del fin de semana no alcanza a reparar. No es falta de sueño. No es falta de voluntad. Es el agotamiento de un alma femenina que lleva años viviendo bajo una lógica de rendimiento que no fue hecha para ella.

 

El mundo te enseñó a producir, a lograr, a demostrar. Nadie te enseñó a simplemente ser. Y esa ausencia, aunque silenciosa, se siente.

 

Esto es algo que he observado trabajando y acompañando a otras mujeres, y que también viví en carne propia. La cultura del rendimiento orientada hacia lo masculino es profunda en nuestra sociedad.

Vivimos rodeadas de una cultura de rendimiento que no se limita al mundo del trabajo y los negocios. Está en la espiritualidad, en la maternidad, en la sanación, en la religión. Se filtra en cada rincón de nuestra sociedad.

 

Es una cultura que nos enseña a cumplir, a realizar, a buscar insaciablemente, a esforzarnos sin parar por el reconocimiento externo. Y muy frecuentemente, todo eso ocurre a expensas de nuestra esencia más profunda.

 

No creo que el logro o el rendimiento sean malos en sí mismos. Lo que sí creo es que hay muy poco en nuestro mundo que exista para devolver el equilibrio, para dar valor de vuelta a los anhelos internos del corazón femenino.

 

Cómo llegamos hasta aquí

Hubo un tiempo en que los roles eran más claros: los hombres proveían y las mujeres cuidaban el hogar y los hijos. Con el tiempo, esos roles fueron cambiando, y eso es algo hermoso. Las mujeres comenzaron a proveer para sus familias, a asumir roles de liderazgo, a convertirse en CEOs, a entrar en espacios que antes eran dominados por hombres. Llegó la era del “podemos hacerlo todo”. Construir carreras, ser independientes, demostrar que podemos hacer lo mismo que cualquier hombre.

 

Y lo demostramos.

 

Pero en ese camino de trabajo duro, de “hustle” y de escalar peldaños, no reemplazamos nuestros roles anteriores. Seguimos cuidando la casa, organizando los horarios, cargando con el peso mental que viene con los títulos de “esposa” y “mamá”. Seguimos siendo todo, para todos, todo el tiempo.

 

Y estamos agotadas.

 

El burnout, ese estado de agotamiento físico, mental y emocional provocado por el estrés crónico, no es solo una señal de que trabajamos demasiado. Es una señal del sistema nervioso. Es el cuerpo diciéndonos que algo no está bien.

Lo que esta lógica de rendimiento le hace al cuerpo femenino

Quiero ser muy clara en algo: no estoy en contra de las mujeres que están haciendo de todo y siendo excelentes en lo que hacen. Pero sí quiero marcar una diferencia importante entre cómo funciona el cuerpo femenino y la lógica que se nos ha pedido que adoptemos.

 

Las mujeres no estamos diseñadas para operar al mismo nivel todos los días, todo el mes. Los hombres tienen un ciclo hormonal de 24 horas. Las mujeres operamos con un ciclo de aproximadamente 28 días, lo que significa que nuestra energía fluctúa naturalmente semana a semana. Hay momentos de más capacidad, más energía, más motivación, y hay momentos en que el cuerpo pide desacelerar, descansar, mirar hacia adentro.

 

Pero en vez de honrar esa fluctuación, hemos intentado mantener este nivel de entrega constante y alto. Siempre en marcha, siempre haciendo, siempre produciendo. Y ese ritmo mantiene el sistema nervioso en un estado crónico de estrés.

 

En algún momento, el cuerpo pasa la cuenta.

 

He ido observando en esta generación de mujeres un aumento de ansiedad, depresión, estrés crónico y desafíos en la fertilidad. No creo que sea coincidencia. El péndulo se fue muy lejos en una dirección. Y ahora, lentamente, está volviendo.

 

El cambio que muchas estamos sintiendo

Nuestros cuerpos anhelan suavidad. Nuestras mentes piden espacio. Estamos soltando el control, queremos ser atendidas y apoyadas, queremos estar presentes y disfrutar de nuestras vidas. Para muchas de nosotras, la idea de éxito ha cambiado profundamente.

 

Nos dijeron que podíamos tenerlo todo. Pero nadie habló realmente de lo que eso implicaría. En algún momento dejó de sentirse gratificante y empezó a sentirse agotador.

 

Yo también lo viví. En la universidad era una persona muy orientada al logro, siempre buscando hacia afuera. Una condición de salud fue la primera señal de que ese camino no era sostenible. Pero fue la maternidad la que terminó de cambiarlo todo. De un día para otro, ya no quería seguir esa búsqueda externa. Quería estar presente, en casa, en calma, con mi hija. Y esas prioridades me cambiaron por completo.

 

Sé que no soy la única. Hay algo colectivo en este momento.

Si miramos a la generación de nuestros padres, la meta era simple: buscar un empleo estable, quedarte ahí, construir una vida alrededor de eso. Y funcionaba. Pero crecimos viendo cómo esa narrativa cambió. Había más oportunidades, se nos animaba a seguir lo que nos gustaba, a encontrar lo que realmente nos llenara. También vimos a nuestros padres atravesar despidos, trabajar horas extra, llegar agotados. Seguir su mismo camino no se sentía tan prometedor.

 

Las mujeres millennials fueron quizás la primera generación que empujó con fuerza hacia la cultura del “podemos tenerlo todo”. Y lo hicieorn. Pero no solo estaban haciendo de todo, estaban constantemente expuestas a ver a todas las demás haciendo de todo también. La comparación, la presión de la productividad, la estimulación constante. Como si no existiera un botón de apagado. Sin un momento de pausa, sin desconexión real.

 

Y así llegamos, muchas al mismo tiempo, al mismo lugar: estresadas, agotadas, sobreestimuladas, cuestionándolo todo. Como colectivo, empezamos a decir: espera. Ya no sé si quiero esta versión de éxito.

Por eso vemos a mujeres ambiciosas, activas, orientadas al logro, haciendo cambios drásticos en sus vidas. Buscando una vida más simple, más lenta. Mañanas tranquilas, disfrutando una bebida caliente, sentándose solo a pensar. Haciendo cosas con las manos: cocinar, hacer pan, atender el jardín. Queriendo estar en casa, en un ambiente que se sienta calmado, seguro, arraigado.

 

Y eso no significa que perdimos la ambición, significa que estamos eligiendo otra versión del éxito. También significa que ahora existen más formas de generar ingresos sin que eso le cueste el alma. Queremos seguir proveyendo para nuestras familias, pero no al costo de perdernos en el proceso.

 

Esto no es ir hacia atrás ni renunciar a nada. Es volver a lo que realmente importa.

 

La generación de la mujer emprendedora experimentó esa versión del éxito, y muchas nos dimos cuenta de que no era para nosotras. Y lo que cambió no fue solo el estilo de vida, fue la identidad. Esa versión motivada por el rendimiento y el resultado externo no siempre nos trae a donde pensábamos. A veces ni siquiera llegamos a la meta que perseguíamos. Y aun así, el desgaste fue el mismo. Esa no es la versión que queremos para nuestro siguiente capítulo.

Cuando pienso en este espacio que creé aquí pienso en un respiro. Un lugar de descanso del ritmo acelerado del mundo. Y lo creé porque era algo que yo misma anhelaba profundamente.

 

Anhelaba que alguien abogara por una manera de vivir más suave. Que alguien me ayudara a atender mi interior sin que eso fuera un medio para lograr algo externo. Que alguien me recordara que mi valor no estaba en lo que producía, sino en un lugar mucho más profundo y menos tangible. Que alguien me diera permiso de ahondar en mi naturaleza femenina sin vergüenza, de querer ser amada, protegida, libre de no serlo y hacerlo todo.

 

Que alguien me ayudara a ver el valor real de los dones femeninos: las relaciones, la conexión, la belleza, el sentir, la ternura, la sensibilidad.

 

No creo que lo femenino deba empujar a un lado lo masculino. Tampoco creo que el logro externo deba eliminarse o disminuirse. Pero sí creo profundamente que necesitamos más defensa de lo femenino en todos los aspectos de la sociedad. Porque la ambición y el logro pueden distorsionarse muy fácilmente en algo perjudicial para la naturaleza más profunda de las mujeres.

Las mujeres necesitamos más espacios (físicos, en línea, internos) para reponer suavemente nuestro núcleo femenino. No como un medio para rendir mejor en el mundo real. No para extraer un resultado o una manifestación externa.

 

No deberíamos disculparnos por desear el espacio para suavizarnos, para ir más despacio, para descubrir lo que hay detrás del rendimiento y el logro.

 

Necesitamos el espacio para reconectar con esa parte del corazón humano que nos recuerda que hay una octava más profunda en la vida, una que no se puede percibir ni producir externamente. Donde no se trata de cómo nos desempeñamos en el mundo exterior, sino de restaurar el valor que existe más allá del logro.

 

Una restauración que nos permita suavizarnos, descansar, y simplemente ser.

 

Si estás leyendo esto y también sientes este cambio, quiero recordarte que no estás sola. Siempre quiero ofrecer momentos de reflexión porque creo que cuantas más preguntas nos hacemos, más claro se vuelve el camino a seguir.

 

Tómate un par de minutos, siéntate en un lugar tranquilo, y escribe en tu journal algunas de estas preguntas:

 

  • ¿Qué versión del éxito he estado persiguiendo, y todavía me siento alineada con ella?
  • ¿Cómo se siente mi día ideal ahora?
  • ¿En qué áreas de mi vida anhelo más calma, espacio o presencia?
  • ¿Cómo sería hacer menos… pero con más intención?

No tienes que cambiarlo todo de la noche a la mañana. Pero puedes empezar a prestar atención a lo que tu cuerpo, tu energía y tu vida te están pidiendo.

 

Tal vez el éxito nunca fue destinado a sentirse como presión constante, ruido y agotamiento. Tal vez desacelerar no es lo opuesto al éxito. Tal vez ese es el punto.

 

Maca 🕯️

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