Muchas de las modalidades de sanación rechazan inconscientemente la energía femenina, haciéndote sentir que siempre hay algo que arreglar o cambiar.
Esta es la forma masculina de resolver: identificar un problema, buscar la solución y ejecutarla. Pero cuando aplicamos este enfoque a nuestra vida interior, podemos caer en ciclos de sanación que parecen interminables, partiendo de la premisa errónea de que hay algo quebrado que debe ser reparado.
Quienes se acercan a este camino de sanación, desarrollo personal y autocuidado, ya han recorrido un largo trayecto buscando ser mejores personas, más sanas, más valiosas, más aceptadas a los ojos del mundo; no necesitan más “arreglos”.
Lo que he visto como profundamente sanador para el alma femenina no es otro método, otra herramienta o técnica para reparar… sino la reconexión con el poder sanador natural de su esencia femenina.
Sin embargo, se nos enseña a abordar la sanación como un objetivo más que alcanzar, un medio para merecer algo que sentimos lejano. Una forma de ser merecedora de algo que de otro modo estaría fuera de alcance. Como si hubiera un paso secreto o una herramienta mágica que, al encontrarla, nos permitiría vivir la vida que creemos que “deberíamos” vivir.
Se nos enseñó que la vida es algo que hay que resolver, no algo que hay que habitar, y amar. Y así, aplicamos ese mismo patrón con nosotras mismas.
Pero el alma femenina más profunda sabe que nada de esto trae plenitud real y conexión.
Y este saber más profundo es el catalizador que desencadena la sanación de lo femenino. Una sanación que ocurre de forma natural al soltar suavemente la creencia de que estás rota. Al ir desenredando la idea de que deberías estar constantemente en modo auto-reparación, por así decirlo.
Al suavizar tu corazón, y finalmente comenzar a ver la belleza, la verdad y la facilidad de ser tú misma de forma natural.
Debido a la forma en que hemos sido condicionadas a vivir en el mundo, a menudo puede requerir un cierto re-descubrimiento para alcanzar este estado receptivo, liderado por la feminidad, en el que podemos sumergirnos plenamente en la esencia sanadora de nuestra naturaleza. Donde podemos reconocer plenamente nuestro propósito inherente como un amor que no se fuerza.
El nivel de apertura, confianza y entrega requerido para esto es algo que nos han enseñado activamente a perder. Nuestro mundo, orientado más hacia lo masculino, nos enseña a movernos más rápido, a hacer más, a demostrar, y a esforzarnos en extremo.
Nos enseña que necesitamos cerrar nuestros corazones para conseguir lo que queremos. Nunca nos enseñan a suavizarnos, a recibir la verdad de quiénes somos. Nunca nos enseñan que los verdaderos deseos de nuestro corazón importan. En cambio, nos enseñan a no creer en nuestros deseos si van en contra de lo que la sociedad nos ha condicionado a buscar.
En mi propio camino, lo más frustrante fue notar que, aunque entendía que sanar no era ‘arreglarme’, seguía cayendo en ciclos de sentir que algo en mí estaba mal. Hoy sé que mucho de lo que intentaba cambiar no eran defectos, sino cualidades innatas: mi sensibilidad, mi ritmo más lento, mi necesidad de profundidad, mi incomodidad con ciertas dinámicas del mundo. Nada de eso significaba que hubiera algo erróneo o roto en mí que necesitara ser reparado.
Lo que necesitaba era recuperar mi energía para ver mi camino propio que estaba aquí a tomar, sin esperar que todos los demás cambiaran.
Solo a honrar la esencia de quién soy, y lo que estoy aquí para aportar como alma femenina. Un trayecto que descubre naturalmente la manera femenina del corazón y abre espacio para que otras mujeres descubran y confíen en sus propios caminos femeninos.
Maca 🕯️
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