Abrazar tus deseos, liberándote de la manifestación forzada y creando en armonía con tu energía femenina

deseo

El deseo es inherente al ser femenino. Sin embargo, lo que he observado en la industria del desarrollo personal más tradicional, así como en muchos caminos espirituales, es una forma de abordar el deseo que parece contraria a la inclinación natural del alma femenina.

 

Por un lado, está la búsqueda de alcanzar un estado del ser “sin deseos”, un lugar donde no sentimos deseos, pues todo deseo es considerado sufrimiento. Este enfoque puede resultar muy duro para el alma de una mujer, pues ella está íntimamente en sintonía con la corriente vital del deseo. Forma parte esencial de su ser. Que le digan que debe desterrarlo de su vida puede minar su resplandor y vitalidad naturales, llevándola a reprimir su esencia femenina más orgánica.

 

Por otro lado, encontramos la mentalidad más tradicional de los paradigmas masculinos: “establecer metas”. Allí se comienza con un deseo en mente y se trabaja hacia atrás para descubrir los medios de alcanzarlo. Sin embargo, este énfasis en el resultado final empuja a un esfuerzo constante, a un hacer incesante con tal de obtener algo a cambio. El alma femenina se marchita cuando esto se vuelve el enfoque principal, obligándola a comprometerse en exceso y debilitando aún más la confianza en su esencia natural.

 

A esto se suma un condicionamiento externo: las mujeres aprenden a desear lo que, en verdad, no corresponde a su ser más profundo. Se genera entonces una tensión interna entre lo que se les ha dicho que deberían querer y lo que en realidad su alma anhela.

 

Luego está el enfoque de la manifestación, el famoso “crea tu propia realidad”. Aunque puede parecer inofensivo, incluso encantador por su aire mágico y delicado, puede convertirse en uno de los más dañinos para el alma femenina, precisamente porque atrae a tantas mujeres a su campo.

 

De manera similar al paradigma de establecer metas, gran parte de esta retórica convierte el deseo en un objeto a alcanzar, algo por lo que hay que esforzarse sin descanso. Sin embargo, aquí aparece un elemento adicional: se hace creer a las mujeres que, si no logran cumplir sus deseos, es porque hay algo mal en ellas o algún bloqueo interno que deben sanar primero. Así, el deseo deja de ser la chispa lúdica que enciende el corazón y se transforma en una meta que exige un trabajo interior incansable.

 

Este tipo de búsqueda interna, basada en la auto-reparación, conduce fácilmente a un círculo vicioso: la mujer empieza a traicionar y a perder la confianza en su verdadera naturaleza femenina. Porque, aunque la feminidad está diseñada para mirar hacia adentro, no lo está para repararse con el fin de manifestar algo externo o algún deseo.

 

El camino interior de lo femenino existe para conectar con su esencia, para descubrir allí la verdadera fuente de sus deseos: el Dios/Ser que habita en su interior. Esa relación con la divinidad es la raíz de los deseos auténticos, y por eso los deseos condicionadas por la sociedad resultan, al final, tan insatisfactorios para el alma femenina.

 

Cuando una mujer se alinea con el deseo de unirse a esta fuente más profunda, su corazón revela con claridad lo que verdaderamente le corresponde. Entonces, el proceso de desear y manifestar se convierte en una danza natural, un florecimiento guiado por lo divino, en lugar de una carrera incesante por ser más, hacer más o tener más.

 

Por eso, para una mujer, activar su feminidad orgánica a través de suavizar en la vida está íntimamente ligado a su relación con el deseo.

 

El deseo ES el corazón de una mujer. Y hasta que no recupere la conexión con su divinidad natural —de la que ha sido condicionada a alejarse—, se verá empujada a sobre-esforzarse para alcanzar lo que el mundo exterior le dicta.

 

Al igual que la naturaleza, la mujer está aquí para dar sus frutos en armonía con los ritmos de la vida, floreciendo en su propio tiempo y de la manera que le es única y perfecta.

 

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